Qué ver

Subir al Faro de Trafalgar

La Linterna del Faro

Me resultó una de las mejores experiencias de mi vida. Subir al Faro de Trafalgar, estar junto a su Linterna, ese cerramiento acristalado maravilloso que supuso el escenario en el que hice realidad un sueño que tenía desde niño.

Las enormes ópticas giratorias, talladas de manera precisa, fueron el espejo donde me vi sonriendo y casi pude atisbarme -reflejado- con gesto infantil y entrañable; pleno de alegría al haber alcanzado una meta vital.

Corría el año 2004 y -como venía haciendo cada noventa días- me dispuse a recorrer los algo más de setecientos kilómetros que separan Madrid de los Caños de Meca. Mi propósito era -principalmente- celebrar mi cumpleaños junto a una de las personas más importantes de mi vida; mi gran y entrañable amigo del alma Daniel Assante.

El camino al «sur de sur español» siempre me ha resultado una experiencia maravillosa, por lo distintas y hermosas que han sido todas las estaciones del año en las que lo he recorrido. Aquel año, y en la primavera preciosa que habitualmente regala Cádiz , decidí pasar unos días en la tierra que siempre me ha tratado como a un hijo predilecto, y que me ha dado tantas dádivas naturales y personales que no podría cuantificar.

Desde unos días antes de la salida, los pronósticos meteorológicos anunciaban un temporal de Levante que se aproximaba al Estrecho de Gibraltar. La previsión se cumplió fielmente y aquella mañana -después de conducir casi toda la madrugada- amanecí entrando en los Caños de Meca con una levantera de tres barras.

Había que ponerse piedras en los bolsillos para no salir volando por encima del Palmar, Conil, Roche y acabar -por lo menos- en Huelva o incluso llegar al mismísimo Algarve portugués, más despeinado que un «perrillo chico» y mas rebozado que un choco frito.

Nunca me ha incordiado el viento, es más; he llegado a amarlo puesto que en Los Caños de Meca, en Zahora y en todo el Cabo de Trafalgar, las ventoleras han sido determinantes para que esta enorme zona de dunas vivas y de naturaleza -casi salvaje- se haya preservado de la voraz y atroz especulación urbanística; pese a ello algo de daño se le ha hecho en los últimos tiempos. Además, el viento de levante ayuda a caldear el ambiente y siempre le da una merecida barrida a los carriles.

No concibo Cádiz sin viento, como no lo concibo sin su aroma a marisma, sin su buena gente y sin su maravillosa manzanilla de mediodía -en el porche del jardín- bañando la mejor de las compañías que uno pueda disfrutar. Nuestra gente, nuestro espíritu.

Los Locos de las playas de Cádiz
Las maravillosas vistas desde el Faro de Trafalgar de la playa de Marisucia, la Laguna de Trafalgar, la Breña y parte de San Ambrosio.

Mi intención era llegar cuanto antes a la habitación con el propósito de darme una ducha, tomar un café con pan tostado y «manteca colorá» y descansar el cuerpo -tras las ocho horas de trayecto en la furgoneta- dando un paseo por la solitaria Avenida de Trafalgar que finaliza en la mágica playa de Los Castillejos, donde me esperaban Daniel, Susana C.G, Lua, Lulú y -como telón de fondo- los pinos de la Breña que bailaban al son de los bufidos del levantazo.

El abrazo estrecho, lleno de cariño y complicidad, dio paso a la animada charla con las novedades que traía de la ciudad. El bullicio de Madrid siempre quedaba en la meseta y su eco se disipaba con sólo superar la cumbre de Despeñaperros.

Aquel día primero de Abril, la sorpresa que me reservaba mi amigo Daniel fue la excusa idónea para que el prominente Faro de Trafalgar, su blancura y su monumental envergadura -que se levanta desde el tómbolo presidiendo todo el cabo- adoptaran para siempre el espíritu de mi hermano de corazón, de mi querido y añorado amigo.

Llevaba tiempo preparándome el regalo con el que culminaría la extraordinaria aventura personal que emprendimos juntos, un día lleno de casualidades de la vida, largo tiempo atrás, cuando entré por la puerta del aquel bar que él regentaba en Los Caños y en el que -durante años- se dieron los mejores conciertos de la zona con gente de gran nombre y pequeño sentimiento de orgullo que les permitía codearse con gente corriente; se trataba de la ya desaparecida Pequeña Lulú. Daniel lo había preparado concienzudamente y con la complicidad de Juan, el farero de Trafalgar, gran amigo suyo y -también- gaditano que nació donde le dio la gana -como hacen los gaditanos de pro- y se vino para permanecer como vigía de Trafalgar durante décadas.

Dani me dijo que tenía que llegarse a Zahora y que le acompañase para ayudarle en una gestión, propuesta a la que accedí con sumo gusto y placer al estar en la más absoluta de las glorias con su compañía y la de Lua, la Schnauze gigante que antes de salir de la casa ya se encontraba cómodamente echada en el asiento trasero como un ocupante más del viejo opel corsa que -en los carriles y caminos arenosos del entorno- se portaba como un verdadero coche oruga.

Íbamos dejado atrás la laja, la farmacia, los apartamentos blancos y al instante de pasar el Levante Artesanía observé que mi piloto conectaba el intermitente a la izquierda. Aunque por allí no pasaba nadie, Daniel siempre era muy previsor de que pudiera sorprendernos un grupo de turistas alemanes montados a caballo haciendo un raid ecuestre por aquella Andalucía que les mostraba la más insólita y bella España y que de pronto se encontraran con un destartalado coche y tres elementos autóctonos a bordo.

Conforme nos aproximábamos al Minigolf la velocidad del opel iba disminuyendo hasta girar y tomar la Carretera del Faro, cosa que ya de por sí suponía una aventura ya que el viento de levante suele ayudar a desplazarse a la Duna Viva de Marisucia que abraza el camino al tómbolo hasta llegar a hacerlo desaparecer. La carretera soportaba ya casi un palmo de arena, circunstancia que el corsa superaba con facilidad al llevar sobre sus lomos un buen peso que le hacía deslizarse con seguridad sobre la mullida manta de arena blanca.

Laguna de Trafalgar, camino del faro, entre La Marisucia y Cala Isabel

La cancela del faro siempre permanecía arriba, y aunque casi corroída por el óxido aún mostraba sus bandas rojiblancas y la vieja señal de «prohibido el paso a toda persona ajena a la instalación». No éramos ajenos a ninguna instalación, pese a que mi desconocimiento de lo iba a suceder me hacía -en cierto modo- ajeno a la aventura que estaba a punto de vivir; subir a un faro. Pero no a cualquier faro. Nada más y nada menos que al Faro de Trafalgar, cumpliendo el sueño de cualquier amante del mar como soy desde que tengo uso de razón.

Entrar en el faro y escuchar el eco de nuestras voces, rebotando por sus paredes circulares, resultó la mejor banda sonora que podría habernos acompañado.

Juan nos recibió con su innata amabilidad y cortesía, indicándonos -únicamente- que no podríamos salir al exterior de la cúpula del faro debido a la levantera que estaba azotándolo. En el interior se oían los latigazos que el viento granjeaba a la estructura troncónica -con fisonomía de columna romana- que el majestuoso Faro de Trafalgar eleva en sus más de treinta metros. Ascendíamos por las escaleras y Daniel -tras de mí- sonreía viéndome disfrutar como un niño pequeño que estaba recibiendo el mayor regalo que pudiera haber imaginado.

Culminar la linterna fue una de las más increíbles experiencias que he vivido.

Dentro del Faro de Trafalgar. La Linterna tiene un alcance de casi 30 millas.

Las vistas desde la cúpula del faro son realmente extraordinarias. Teníamos ante nuestros ojos la más bella panorámica de todo el Cabo de Trafalgar, con Los Caños de Meca y Zahora a ambos lados y -a vista de pájaro- el interminable Atlántico, batiendo sus olas de blanca espuma que se perdían en el horizonte marítimo. Abajo, frente a nosotros, La Aceitera. El arrecife nos mostraba todas y cada una de sus corrientes advirtiendo de su salvaje formación innavegable. A nuestras espaldas el hermoso Monte de la Breña, la verde pinada de pinos piñoneros que cerraba el entorno como en un ramo, y que nos separaba del resto del mundo. En aquellos momentos, puedo jurar que todo mi mundo se redujo al espacio de la linterna del faro; en el que Daniel y yo gozamos de una experiencia como pocas en la vida.

El faro fue construido en la década de 1850 y aunque seguro que allí -además de los fareros- habrían subido muchas otras gentes durante esos más de ciento cincuenta años, mi sensación fue como la de un descubridor que por primera vez contempla lo que otros ojos nunca vieron. Al día de hoy, con sólo rememorar aquellos momentos, reviven en mi piel las sensaciones de uno de los mejores días de mi vida. ¡Gracias Amigo!

El faro eres tú, Daniel.

Daniel Assante y quien suscribe, en uno de las muchos buenos momentos que nos regaló la vida. Tu generosidad. Tu afecto. Tus buenas palabras siempre.

Daniel, que en paz descanses. Te recuerdo todos los días y te recordaré el resto de mi vida como una de las mejores personas que han pisado este mundo y que yo he tenido la fortuna de conocer bien y de disfrutar de tu compañía y amor incondicional. Te guardo, Daniel, todo mi cariño y mi admiración desde lo mas hondo del corazón. Sé que volveremos a estar juntos -un día- y sé que llegaste al cielo para iluminarlo y darle el mejor de los ritmos con tu genial percusión, tu maravilloso piano, tu electrizante guitarra y el mas rotundo de los bajos eléctricos que se hayan oído jamas en ese azul interminable que ahora coronas.

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